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Demorarse 1 hora en el trayecto a pie de la escuela a la casa, cuando en realidad era de 15 minutos.  Sentir orgullo maternal al decirle al tendero: “Vecino que lo ponga a nombre de mi mamá” y que nos crea.  Saber subirse a un bus en movimiento y bajarse sólo cuando éste se detiene.

Estar pendiente al “encuentro de miradas” y saludar con un movimiento de cabeza como hacen las iguanas.  Caminar mirando al suelo para “a ver qué me encuentro”. Siempre mirar el periódico de la farmacia para ver por un lado los muertos y por el otro las chicas vivas… Mirar a los dos lados de la cuadra antes de abrir la puerta, entrar, cerrar rápido y echar pasador, mirar por el huequito.

Jamás dejar de saludar a un perro callejero que se acerca meneando la cola. Saber “chiflar” (silbar a decibles impensables) pa’ avisar llegada. Saber tapar un arco de microfutbol entre dos mitades de ladrillo y hacer una bola e’ trapo. Saber frenar con la suela de tenis la llanta de al frente de la 🚲 sin salir volando.  Saber tirar piedras pequeñas a la ventana de un tercer piso.  Saber andar con buen corte, ropa limpia y tenis blancos cual borrador lavado.  Saber cuándo correr, perder y cuando pararse.  Me puedo quedar aquí, pero finalizo con algo que me enorgullece de ser barrio: Saber hacer orificios en la terraza para que los perros vean transeúntes y no se depriman, como en la foto…

¿Quién dijo que ser barrio es violencia, drogas y pandillas? Eso es solo una fracción negativa de nuestra realidad, la mayoría de cosas fueron odiseas alegres de mi infancia.

¿Qué me falto?…

¡Buen lunes de trabajo para todos! 

Yokoi Kenji Díaz

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