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Está claro, debo hacerlo, pero ¿cómo se arrepiente un alma que no sabe lo que es escurrirse por las sensuales curvas del placer? No hay reflexión ni cordura sin sentir el deleite sublime y efímero de la locura, la dulce compañía venenosa de la pasión prohibida y esa triste soledad agobiante que le procede.

No hay vacuna sin un virus, ni cura sin enfermedad. No hay arrepentimiento sin pecado, y este último no sería pecado si no sintiésemos arrepentimiento.

Ésta bella y triste paradoja ha de enfrentarse, pues evadir enloquece. Sin embargo, tanto pecar como arrepentirse han de ser procesos naturales, sin influencias moralistas, religiosas o supersticiones. Apenas el natural proceso de la bella conciencia y la reflexión.

Alejar con radicalismo al ser humano de su naturaleza empeora el asunto, así como desbocar su naturaleza generalmente lo lleva a una muerte temprana.

Leonardo DiCaprio era aún adolescente cuando representó un niño con discapacidad intelectual que con alegria arranca la cabeza de un grillo usando como guillotina la puerta del buzón de casa.
En la siguiente escena ese mismo niño es consolado por su hermano mayor (Johnny Deep) pues llora amargamente por la muerte del grillo. “¡Lo maté, lo maté!” exclama llorando a moco tendido. (Pelicula: ¿A quién ama Gilbert Grape?)

Aquellos que aseguran haber vuelto al “Jardín del Edén” y prometieron nunca más tocar el árbol prohibido pueden sentir inconformidad con el texto, sin embargo, debo cerrar diciendo que en mi caso, la única autoridad que poseo para escribir esto es la de vivir arrepentido por andar de error en error, árbol en árbol y de lagrima en lagrima.

“Yo espero y deseo a todos que este año nuevo sea de más aciertos, menos errores y ninguno de los dos en exceso como para estragar el alma”

¿Entendió?

Ni yo…

Yokoi Kenji Díaz.

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